La organización algorítmica del trabajo en Glovo, los miles de trabajadores informales y el proceso de contratación

Publicado por AlgoRace en

Felipe Diez Prat (Riders X Derechos y Observatorio de Trabajo, Algoritmo y Sociedad)

Hace poco tiempo conocimos la noticia de que la empresa Glovo finalmente actuaría con sentido cívico, se sometería a la ley y contrataría a sus repartidores. Se trata de un anuncio que llegó justo un día antes de que su fundador, Oscar Pierre, tuviera que sentarse por primera en el banquillo de los acusados por un proceso penal comandando por la Fiscalía de Barcelona, que lo acusa de vulneración reiterada contra los derechos de los trabajadores, por lo cual puede ser condenado con hasta seis años de prisión. Más allá de la petulancia mostrada por Pierre al afirmar que su empresa ya cumple la ley y que el reciente anuncio es exclusivamente para dejar de tener problemas con la administración (la cual, imagino, a pesar de haber transgredido a su antojo parece encontrar excesivamente estricta), la decisión de Glovo plantea varias cuestiones para reflexionar sobre los nuevos modos de organización del trabajo, su encuadre en los marcos democráticos y el futuro de los repartidores.

En un sector que mantiene como punto estratégico una enorme rotación de los trabajadores, la empresa debe dar de alta en la seguridad social a todos aquellos que han trabajado desde agosto de 2021, cuando se promulgó la “Ley rider”. Recordemos que se trata de una legislación adhoc para frenar el abuso de los falsos autónomos: un fraude empresarial antiguo, pero que gracias a las posibilidades que ofrece la organización algorítmica del trabajo, han podido llevar a niveles masivos. De todos modos, independiente del desafío logístico que Glovo tiene por delante, hay un problema mucho más profundo. Desde hace años, todos los que estamos involucrados en la lucha de las plataformas de reparto sabemos muy bien que cerca del 50% de la flota de repartidores está compuesta por personas migrantes que trabajan de modo informal, en la más absoluta desprotección y sin ningún derecho que reclamar. Son miles de trabajadores cuyos nombres no aparecen en las bases de datos de las empresas ni en las decenas de investigaciones de Inspección de Trabajo, sencillamente porque están detrás de los titulares de las cuentas. Puede ser que haya una, dos o quizás tres personas en cada una. Son trabajadores invisibles y anónimos. Se trata de un mercado que ha crecido como la espuma gracias a la suma de varios factores que caracterizan el modo de operar de las plataformas: la notable habilidad para aprovechar las coyunturas sociales; el modelo que permite la creación de puestos de trabajo a mansalva y que es una oportunidad fácil y rápida para que grupos excluidos entren al mercado laboral; la absoluta desvinculación de la empresa con los repartidores; la incansable batalla judicial para mantener un mercado desregulado; y, por último, el trabajo en solitario mediado por la plataforma, donde se puede llevar años repartiendo sin jamás haberle visto la cara a nadie de las oficinas.

Ya van cuatro de ellos que han muerto mientras trabajaban, pero obviamente ninguno ha sido reconocido como accidente laboral, simplemente porque son personas sin nombre ni rostro.

Sea como sea, no hay que ser economista para darse cuenta de que son ellos los que han levantado la empresa. El unicornio tecnológico se ha expandido por el mundo gracias a haber desarrollado un sistema de explotación masiva. Ya van cuatro de ellos que han muerto mientras trabajaban, pero obviamente ninguno ha sido reconocido como accidente laboral, simplemente porque son personas sin nombre ni rostro. Aunque evidentemente no hay datos oficiales al respecto, cualquier repartidor con algo de experiencia calculará cifras que dan susto. Cuesta entender que llevamos años y años viendo crecer frente a nuestros ojos a un gigante levantado por trabajadores sin derechos. Y todo ha sucedido al tiempo que Glovo inunda el espacio digital con publicidad amigable y juvenil, casi como si fuera un movimiento contracultural. Un pequeño apunte al respecto, parece evidente que se puede trazar un hilo conductor entre quienes claman por desregular cada vez más la economía para dar alas a empresas que llenan de comodidades a los consumidores y aquellos que se llenan la boca con prejuicios racistas, clasistas y xenófobos al momento de hablar de migración. Es una señal muy clara de que estamos confundiendo nuestro papel frente a la democracia. No actuamos como ciudadanos, sino como consumidores. Es la expresión del culto a la competencia como principio máximo de regulación social. Una idea radical y fanatizada, propia de ultras del mercado.

Ahora bien, tampoco hay que ser Milei, Ayuso, Trump o el mismo Pierre para saber que mientras menos derechos tengan los trabajadores, mayor será la rentabilidad de las empresas y menos democrática será la sociedad. Sin embargo, ¿cómo funciona esta relación cuando hablamos de trabajos organizados por algoritmos, precisamente por aquellos sistemas que se nos venden como neutros y que se proclaman como el futuro de la economía?

Si trascendemos la retórica tóxica sobre el emprendimiento y ganar dinero mientras aprovechas tu tiempo libre, vemos que el modelo de organización del trabajo de Glovo es un sistema cuidadosamente diseñado para producir un solo efecto: competencia constante entre repartidores, a cada momento. Para ello se apoya en varios factores que actúan como piezas de una misma máquina:

  • Los repartidores deben ser autónomos y asumir los riesgos y costes de la actividad.
  • Se paga sólo por pedido entregado, no por hora de disponibilidad en la calle, y la tarifa la calcula la plataforma según el momento.
  • Puedes aceptar o rechazar el pedido, pero no puedes saber si el siguiente será mejor o peor, o si la plataforma te seleccionará en dos horas más.
  • Como resultado de lo anterior, el sueldo depende de la demanda y no hay cómo saber cuánto dinero se tendrá a fin de mes.

Estas variables no operan solas, sino que son los pilares sobre los que se sostiene la acción de los algoritmos: sistemas de decisiones automatizadas que identifican patrones que quizás serían invisibles al ojo humano. En términos simples, digamos que la acción de los algoritmos es engrasar todas estas piezas y hacerlas funcionar al ritmo de un hecho fundamental: la plataforma recopila y analiza datos en tiempo real sobre tu rendimiento, así que estás siendo evaluado a cada momento. Con esa información se elabora un perfil y un ranking según el cual tienes más o menos probabilidades de ser seleccionado para trabajar. Aunque tampoco puedes saber qué variables de tu comportamiento está midiendo concretamente ni qué posición ocupas en el ranking. Como queda claro, se trata de todo un sistema de extracción (de datos), vigilancia (del comportamiento) y organización (del trabajo) que mantiene ciertos puntos ciegos de manera estratégica para producir competencia entre el colectivo e incertidumbre individual. Un sistema cuyo funcionamiento es desconocido para el usuario. Un diseño opaco dirigido a que no haya repartidor que se pueda sentir seguro ni relajado en ningún momento.

Lo singular de esto es que ya hace cuatro años que el Tribunal Supremo sentenció que los repartidores debían ser contratados y que es ilegal vigilarlos de esa manera, sumado a que hace más de tres años que la “Ley rider” establece que sus representantes legales tienen el derecho de acceder a los parámetros que consideran los algoritmos para organizar el trabajo. Pero parece que en Glovo no tienen la costumbre de leer los periódicos.

Ahora bien, el tema está en qué efectos genera esta telaraña digital en el comportamiento de un repartidor al momento de trabajar. Y, como es de esperar, la actitud para enfrentarse a ella es coherente con la necesidad. Esto se expresa en que la mentalidad sea trabajar todo lo que se pueda, tomar riesgos y elevar el rendimiento a cada momento, pues en realidad es la única manera de mantenerse en competencia. Es la consecuencia de una máxima del trabajo: no hay certezas de nada, pero todo queda registrado en las estadísticas personales.

La consecuencia es que tenemos a miles y miles de trabajadores que durante años han debido desenvolverse bajo un sistema explícitamente fraudulento, que los ha alejado de los derechos democráticamente conquistados. Si ya con eso las plataformas de reparto han levantado centenas de juicios alrededor de todo el mundo, pensemos ahora a miles de trabajadores sin papeles en medio de este diseño algorítmico.

Aunque este modelo se nos esté intentando vender como libertad para trabajar sin jefes ni horarios, lo cierto es que es básicamente ilegal de principio a fin. La consecuencia es que tenemos a miles y miles de trabajadores que durante años han debido desenvolverse bajo un sistema explícitamente fraudulento, que los ha alejado de los derechos democráticamente conquistados. Si ya con eso las plataformas de reparto han levantado centenas de juicios alrededor de todo el mundo, pensemos ahora a miles de trabajadores sin papeles en medio de este diseño algorítmico. El resultado es que los datos recolectados del desempeño de trabajadores en absoluta necesidad son como adrenalina para el sistema. ¿Por qué? Pues porque la necesidad aumenta precisamente aquello que el modelo ya produce, competencia. Es juntar el hambre con las ganas de comer. Con esto la plataforma ha llevado la exigencia a niveles ridículos. ¿El resultado? Las calles llenas de repartidores luchando por sobrevivir: pasan 12 o 14 horas diarias a disposición de la plataforma, son rápidos, aceptan pedidos por remuneraciones bajísimas y no se enferman. Pero, sobre todo, no reclaman. Porque no pueden. Los consumidores tienen pedidos cada vez más baratos y la empresa conquista nuevos mercados. ¿A Glovo le iría tan bien si los repartidores fueran miles de personas de clase alta? Absolutamente no.

Sobre esta situación a veces ha habido quienes intentan culpar a los repartidores que alquilan sus cuentas para que otros las trabajen. Pero es la estrategia de siempre: que peleen los de abajo contra los de más abajo. Es fijarse en el dedo que está tratando de tapar el sol, porque es Glovo quien ha creado las condiciones precisas para que esto suceda. Es Glovo quien ha luchado abiertamente contra la ley para legitimar su modelo, generando miles de víctimas a su paso.

Hay otro punto para reflexionar a propósito de lo anterior. Con este modo de actuar, basado en una lógica radicalmente economicista, las plataformas han logrado que confundamos dos hechos de naturaleza diametralmente distintas: el problema de cómo encajar las nuevas tecnologías en las regulaciones democráticas y la explotación pura y dura, incluso el drama humanitario. Con ello, han planteado una encrucijada al gobierno, pues ¿qué va a pasar con los repartidores sin papeles cuando comiencen las contrataciones? Como siempre, Glovo alegará que no sabía que esto estaba ocurriendo y los dejará en la calle, por lo que es probable que volvamos a ver movimientos de repartidores clamando por mantener el modelo actual, por fraudulento y explotador que sea. Este es un escenario perfecto para ver la lógica neoliberal que opera detrás de todo esto. Si nos fijamos bien, hasta ahora las plataformas han ofrecido una solución pragmática para los gobiernos frente a este problema, ya que permiten gestionar de modo efectivo un porcentaje importante de la población migrante: en vez de tenerlos parados, sentados en una plaza o vendiendo hachís para sobrevivir, los mantienen trabajando desde el momento mismo en que aterrizan, y más encima lo promocionan como si estuvieran comenzando su propio emprendimiento. Es decir, proyectos de ciudadanos modélicos a coste cero. Es como el servicio militar de la democracia de consumidores: clasista, racista y meritocrático. Para qué gastar tiempo y recursos en establecer regulaciones, derechos y responsabilidades, si las personas migrantes, con o sin papeles, lo que necesitan es comer, y las plataformas les dan la posibilidad de luchar por lograrlo. En otras palabras, desde esta perspectiva, las regulaciones aparecen no sólo como una mala decisión administrativa, sino también como un muy mal negocio. Pareciera que competir en el mercado fuera un derecho que a nadie se le puede negar, más incluso que la propia seguridad vital. ¿Qué hacer frente a eso? Nosotros vamos a apostar porque la empresa se tenga que hacer cargo del arraigo laboral de todas y cada una de las personas que puedan demostrar que han trabajado al menos seis meses de modo informal, tal como dicta la ley. Será una tarea absolutamente titánica, pero es la única solución decente. Esperamos que el gobierno no se confunda y se mantenga firme en su postura.

Por último, tenemos que poner todo este problema en perspectiva. En el 2018, cuando era repartidor de Deliveroo, me invitaron a exponer a la Asamblea de Madrid para explicar cómo funciona el modelo de trabajo. Ahí, a modo de conclusión, les dije a los diputados que si todo seguía así, en cualquier momento uno de nosotros se iba a matar mientras trabajaba, y que todo el mundo pondría el grito en el cielo. Han pasado seis años, llevamos cuatro repartidores muertos, todos inmigrantes, y en ningún momento ha parecido que el futuro de alguna plataforma esté en cuestión. Cabe preguntarse qué habría pasado si sólo uno de ellos hubiese sido español. ¿Glovo habría podido llegar tan lejos en sus fraudes?

Ahora tenemos por delante una enorme tarea frente al proceso de laboralización. Esperamos que la sociedad en su conjunto siga atentamente los pasos de la empresa y le exija las cuentas correspondientes.


Felipe Diez Prat es doctor en Sociología y Antropología por la UCM. Esta en la lucha por las condiciones laborales y la transparencia algorítmica en las plataformas de trabajo desde 2017, cuando era repartidor de Deliveroo. Le desconectaron en 2018 tras ir a exponer a la Asamblea de Madrid e instar a los diputados a regular el sector. Ahí entro a formar parte de Riders X Derechos y comenzó su tesis doctoral sobre la Economía de plataformas. En 2020 entró a trabajar en la UGT y en 2021 participó en el proceso de negociación de la “Ley Rider”. Desde 2022 es parte del Observatorio de Trabajo, Algoritmo y Sociedad. En el 2023 defendió su tesis, que sirvió para analizar el conflicto que atravesado durante esos años.


Este artículo ha sido posible gracias al apoyo del proyecto Fondo de Empoderamiento y Resiliencia, coordinado conjuntamente por ENAR y la Fundación ENAR.


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