Plataformas y precarización del trabajo

Como se sabe, uno de los primeros efectos tras la Gran Recesión del 2008 fue que el desempleo se disparó en prácticamente todo el mundo. A partir de ahí, los Estados comenzaron progresivamente a adoptar políticas económicas basadas en la austeridad, conjugándolas con aquellas que fomentaran la actividad empresarial y la flexibilización del mercado y el trabajo, con lo cual finalmente fueron disminuyendo todo tipo de coberturas sociales (Srnicek, 2018). Hablamos de un proceso que en España quedó consagrado en las reformas laborales del 2010 y 2012. Se consolidaron, entonces, los contratos temporales, la facilidad para realizar despidos, la flexibilidad en los turnos de trabajo, y florecieron las Empresas de Trabajo Temporal (ETT), se impusieron los convenios de empresa por sobre los sectoriales, se redujeron los salarios o se hizo frecuente combinar más de un trabajo al mismo tiempo.
En términos simples, para muchas personas que habían perdido sus empleos, esto significó que se vieran forzadas a aceptar las condiciones impuestas en cualquier trabajo que estuviera disponible, o bien comenzar uno por cuenta propia. Se produjo así el contexto para la explosión de un nuevo tipo de empresas, que cambiaron el modelo de negocios tradicional y pusieron en su punto de mira la rentabilización de las capacidades y recursos ordinarios de cada persona a través del emprendimiento, operando mediante plataformas digitales que llegaron hasta la palma de la mano bajo la forma de aplicaciones para el teléfono o páginas de internet. Todo esto, no obstante, a cambio de transferir los riesgos a los ya agobiados trabajadores/as, quienes debían dejar de lado las seguridades y lanzarse al mercado bajo la forma de un “colaborador”. El fondo del asunto era que los revolucionarios avances en las tecnologías habían creado toda una nueva forma de trabajar que liberaría a la población de horarios extenuantes, jerarquías rígidas y salarios a la baja, para que cada cual pudiera convertirse en su propio jefe.
En poco tiempo se transformaron en un modelo de negocios que permitía escapar de los apuros de la crisis a partir de la autogestión, actuando como un medio para moverse fácilmente en el mercado y sacarle provecho a los recursos y capacidades infravaloradas. Así, de un momento a otro, comenzamos a ver a trabajadores, que venían de las más variadas disciplinas, operando como autónomos para intentar rentabilizar sus talentos, tiempo y bienes ordinarios: una motocicleta para repartir, una habitación para ser anfitrión de huéspedes en su propia casa, un coche para ser chófer o la sola motivación para limpiar, cuidar o reparar.
La base de su modo de organizar el trabajo es que permiten que cualquier actividad históricamente entendida como asalariada pueda ser vista como un emprendimiento. Para comprender bien esto, debemos tener claro que las plataformas digitales se presentan como empresas de tecnología de “la sociedad de la información”, que coordinan oferta y demanda poniendo en contacto a emprendedor y consumidor. En teoría, la empresa sería la plataforma, y tanto los colaboradores, consumidores y partners asociados, serían usuarios de ella. La empresa no ofrecería ningún servicio, sino que simplemente sería una herramienta para moverse más fácilmente en el mercado, sin establecer nunca una relación laboral.
Gracias a esta estructura han logrado dar un golpe al mercado y la competencia, generando cambios vertiginosos en la economía, las relaciones laborales y permitiendo hacer real lo que hasta hace pocos años era impensable: que en una empresa como Uber, que actualmente es la más grande del mundo relacionada al transporte de pasajeros, no haya coches ni chóferes; que en Airbnb, una “alternativa” de alojamiento, pero que hoy en día es más grande que cualquier cadena hotelera, no haya una sola habitación ni para qué hablar de camas o personal de aseo; que en Deliveroo, Glovo y Uber Eats, dedicadas al reparto de productos a domicilio, no haya una sola motocicleta, bicicleta, coche ni repartidores.
Así las cosas, aunque han debido pasar algunos años para poder ver a través de la nube de polvo que dejó su mediático y nada silencioso aterrizaje, uno de los aspectos fundamentales de este movimiento es que, prácticamente desde sus inicios, ha estado acompañado de un discurso bien articulado y tremendamente seductor, que ha sabido promover y legitimar su irrupción. En este sentido, y como se podrá sospechar, uno de los puntos de apoyo fundamentales es precisamente el de la idea de ciudadanía y su empoderamiento a través del mercado, lugar en el que el modelo de las plataformas aparece prácticamente como una opción de agencia y reivindicación política. No sólo porque significarían la oportunidad de obtener un servicio más barato, cálido y profesional, alejado de las frivolidades de las típicas transacciones comerciales, sino también por permitir ejercer el poder democrático a través de la acción de compra, apoyando a una corriente alternativa protagonizada por pequeños emprendedores, basada en relaciones horizontales y que ayuda a que se redistribuya más justamente la riqueza. Para ello, la estrategia ha sido envolverse en el discurso y puesta en escena de la economía colaborativa, atrayendo a quienes tienen una mentalidad ecológica y se apegan a la filosofía del bien común (Slee, 2012). Tal como lo describe Rachel Botsman en una de sus tantas charlas TED (tecnología, entretenimiento y diseño):
Se trata de empoderar a la gente para establecer vínculos valiosos, vínculos que nos están permitiendo redescubrir una humanidad que hemos perdido por el camino, interactuando en mercados como Airbnb, como Kickstarter, como Etsy, que se basan en las relaciones personales y no en la transacción vacía.
(Rachel Botsman, 2010, citado en Slee, 2012: 27).
Es exactamente en busca de articular esta retórica que cada plataforma despliega un entramado lingüístico sustentado en conceptos como lo colaborativo, el bien común, la horizontalidad, autonomía, flexibilidad y emprendimiento. Un discurso que aleja al trabajo cada vez más de los marcos de las relaciones laborales y su regulación democrática para llevarlo a un terreno opaco y de coordinación privada -la propia plataforma-. Esto es fundamental, ya que al interior de cada empresa se han intentado borrar las palabras claves que asociamos al trabajo: salario, horario, vacaciones, coberturas, bajas, enfermedades, horas extras, convenios colectivos, huelga y sindicatos, para reemplazarlas con sus propios conceptos que designan una nueva realidad.
Precisamente a eso apunta el concepto de “economía de plataformas”. Se trataría de todo un “ecosistema” formado por distintos tipos de start-ups, que permitirían actuar como emprendedor y consumidor al mismo tiempo, donde desaparecería la histórica desigualdad entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores, y que permitiría la construcción de toda una economía colaborativa formada por pequeños emprendedores. A estas alturas, ya no se trata de una teoría conspirativa o de una distopía, es una realidad. Oscar Pierre, el CEO de Glovo, plantea que:
Sí, la sociedad está cambiando. El tema de la flexibilidad se infravalora, pero es muy importante. Poder decidir cuándo, cómo y dónde trabajas es fundamental. Estoy seguro de que cada vez habrá más gente que dirá que no quiere tener jefes, no querrá tener horarios, y tendrá diferentes vías de ingresos: hará clases, trabajará como glover, pondrá su piso en Airbnb…Esta es la tendencia del futuro.
(Pierre, 2018, en entrevista para periódico El País)
Se trata de una economía mediada y llevada hasta la palma de la mano gracias a las plataformas. Sin contratos laborales, bajas por enfermedad, salarios mínimos, ni nada parecido, pues los mecanismos del mercado y la competencia sancionarán por sí solos todas aquellas conductas que vayan en contra del bien común y el beneficio colectivo.
Los resultados están a la vista.
Felipe Diez Prat es doctor en Sociología y Antropología por la UCM. Esta en la lucha por las condiciones laborales y la transparencia algorítmica en las plataformas de trabajo desde 2017, cuando era repartidor de Deliveroo. Le desconectaron en 2018 tras ir a exponer a la Asamblea de Madrid e instar a los diputados a regular el sector. Ahí entro a formar parte de Riders X Derechos y comenzó su tesis doctoral sobre la Economía de plataformas. En 2020 entró a trabajar en la UGT y en 2021 participó en el proceso de negociación de la «Ley Rider». Desde 2022 es parte del Observatorio de Trabajo, Algoritmo y Sociedad. En el 2023 defendió su tesis, que sirvió para analizar el conflicto que atravesado durante esos años.
Este artículo ha sido posible gracias al apoyo del proyecto Fondo de Empoderamiento y Resiliencia, coordinado conjuntamente por ENAR y la Fundación ENAR.
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